Desde tiempo atrás, el ser humano inicio su especie como animales, gradualmente se convirtieron en
artefactos sociales vivos, es decir individuos, a medida que crecen, adquieren cultura,
aprenden habilidades y normas y se embarcan en actividades que superan lo
biológico. Del mismo modo, la banda y la familia se originan con el fin de
satisfacer necesidades biológicas y psicológicas, por lo que se las puede
llamar sistemas biológicos supraindividuales. Pero constituyen también sistemas
sociales por estar dotadas de propiedades no naturales o construidas. Dicha
artificialidad es particularmente notoria en los casos de la economía, la
organización política y la cultura. Si unimos éstas al sistema biológico, formamos
el esquema BEPC de la sociedad. Sólo el subsistema Biológico es natural y, aun
así, está fuertemente influenciado por los tres subsistemas artificiales, E, P
y C. Por otra parte, cada uno invade parcialmente los demás, porque cada
individuo forma parte de al menos dos de ellos.
Nada parece más obvio que el hecho de que, en tanto individual-mente los
humanos son animales, las sociedades no lo son. La primera proposición es
notoria pero, como muchas otras proposiciones evidentes por sí mismas, sólo
parcialmente cierta. En realidad, el ser humano recién nacido es efectivamente
un animal, pero llega al mundo en una sociedad que facilitará u obstaculizará
la realización de sus potencialidades genéticas. En otras palabras, las
personas son artefactos. Como todos ellos, se nos modela a partir de entidades
naturales; empero, a diferencia de otros artefactos, estamos en gran medida
auto-construidos y a veces incluso auto-diseñados. Así, nos capacitamos y tal
vez capacitemos a otros como agricultores, historiadores o lo que ustedes
quieran. A medida que lo hacemos, esculpimos nuestro propio cerebro. El
aprendiz exitoso se ha convertido en lo que se proponía ser. Es el producto no
sólo de sus genes sino también de su sociedad y sus propias decisiones y
acciones.